O se gobierna con valor o se hace con temor. Porque el acto de gobernar obliga a definiciones. Cuando se gobierna en una sociedad injusta, que condena a la mayoría a la relegación y a la miseria, hay que desafiar intereses muy poderosos. Pero con Chávez el pueblo gana elecciones y gana el gobierno

MARCIANO

ÉSE ES EL DILEMA. O se gobierna con valor o se hace con temor. Porque el acto de gobernar obliga a definiciones. Cuando se gobierna en una sociedad injusta, que condena a la mayoría a la relegación y a la miseria, hay que desafiar intereses muy poderosos. Y en esa circunstancia es cuando el discurso del dirigente y las promesas electorales se enfrentan a la prueba corrosiva de la verdad: Si aquello que se prometió es pura hojarasca o, por el contrario, es una determinación apuntalada en el coraje, lo cual significa exponer la propia vida, al encarar los factores sobre los que descansan la discriminación y la injusticia.

ESTE DILEMA TIENE HOY en día mucha actualidad. La manera de gobernar tradicional, consistente en prometer y luego incumplir; en correr la arruga de los problemas y dejar siempre para más adelante las soluciones -cuando las condiciones objetivas lo permitan-, ha sido superada. Ahora, cuando se han caído las máscaras y los pueblos exigen respetar los compromisos, hay que avanzar o sucumbir a los chantajes.

LO QUE ESTÁ PLANTEADO tiene que ver con los proyectos en juego, que no son otros que el neoliberalismo o el socialismo. Lo cual conduce a definiciones que desatan la andanada descalificadora. ¿Por qué se ataca a Chávez y al proceso bolivariano con tanta virulencia e, incluso, con desesperación? Porque ha puesto patas arriba el problema. Acabó con una serie de mitos, entre otros aquel de que un presidente tiene que gobernar para todos. Nunca ha sido así: todos gobiernan a favor de algún sector social y económico. Así pasó con todos los gobiernos de la cuarta república. Llegaban a Miraflores sobre los hombros del pueblo y al día siguiente se entregaban a la burguesía y a la oligarquía. Eran éstas las que designaban los ministros claves de la economía y del área social. En otras palabras, el pueblo ganaba las elecciones, pero perdía el Gobierno.

CON CHÁVEZ SE ACABÓ ESE CUENTO. Con Chávez el pueblo gana elecciones y gana el gobierno. Los ministros y los altos cargos los designa el Presidente sin interferencias, sin delegar en nadie, en función del mandato popular que recibió. Es, en síntesis, un gobernante que gobierna sin miedo. Que desafía lo que haya que desafiar para que la legitimidad del mandado popular no sea burlada y no colapse. Por eso la bestial ofensiva de los medios de comunicación de la oligarquía que se sienten afectados, no porque sus derechos estén amenazados sino porque ya no tienen en Miraflores un presidente pelele. Que haga lo que le sugerían o imponían.

PERO LA REBELDÍA en el ejercicio del poder tiene un costo. No la perdonan los que fueron desplazados, quienes cuentan con la solidaridad de los que consideran que el ejemplo es peligroso. Ejemplo: Gobernar como lo hace Rodríguez Zapatero en España, aterido de miedo, acorralado por el chantaje de la ultraderecha del Partido Popular, es denigrante. Un pueblo progresista y de verdad democrático como es gran parte del pueblo español, se siente decepcionado. Y la decepción conduce, fatalmente, a que el enemigo se fortalezca al cundir la frustración entre los que confiaban en cambios verdaderos. Así no vale la pena gobernar. Este escribidor prefiere la audacia de romper con la fatalidad de traicionar unos ideales -al precio que sea- a hacer el papel de bolsa en el poder haciéndoles el juego a los enemigos históricos de los cambios sociales.-