Por: Héctor Rodríguez
El mundo vive un cambio de época y esa época que emerge lo hace sobre fundamentos sociales. Y es que la sensibilidad humana, la cultura del detalle y la filosofía del existir para pensar, para aprender y para vivir en interacción recíproca con el entorno, contextualiza un nuevo enfoque para la vida.
Ha llegado la hora de discernir correctamente y reflexionar desde adentro sobre la idea de los cambios estructurales, a nivel de conciencia, a nivel de vivencias, a nivel de lo local. Los dominadores en un primer caso y hegemónicos en segunda fase, potencian la creencia de lo superior y lo inferior, de lo civilizado y lo primitivo, de lo desarrollado y subdesarrollado. ¿Quién fijó los indicadores?. El mercado, la mercancía y el privilegio del poder para destruir.
Así han actuado los imperios. Colonizan y atrofian las ideas de la vida y promueven el "derecho" que tienen los dominados a ser protegidos bajo una concepción universal de "desarrollo", renunciando a su memoria histórica y al origen primigenio de la libertad.
La emergencia de los movimientos sociales en el mundo, de creciente interés con el reencuentro de los valores sociales fundamentados en lo ético, la ecología y la fraternidad, son manifestaciones fielmente germinadas desde el corazón de los pueblos que resisten la dominación y la hegemonía de un imperio decadente.
La respuesta al imperio se ha venido canalizando a través del concepto de redes sociales, que ofrecen resistencia a la globalización neoliberal, a esa vorágine de egoísmo y desarrollismo que inculcan en los dominados la idea de crecimiento económico. La red desde adentro como medio, puede abortar la mentira histórica de que el desarrollo es bueno para todo y que hay que integrarse al llamado del "desarrollo internacional", que lo que busca es construir un mercado cautivo, robarse la materia prima abundante, esclavizar los pueblos y hacerlos obedientes. Las redes tienen que enfrentar la dominación y hegemonía de los imperios, pero también la profundidad del poder de las grandes transnacionales. Ello se puede hacer.
En nuestro país los consejos comunales pueden convertirse en el germen que active la indignación colectiva, la solidaridad y la soberanía de los pueblos. Será un enfrentamiento contra las redes del poder corporativo, para anular el concepto de capital social.
Las visiones cibernéticas, mercadológicas y contextuales, insertas en las revoluciones tecnológicas, económicas y culturales que experimenta el mundo, entran en una lucha por espacios e ideologías. La visión contextual asume la perspectiva de la esperanza de la humanidad, hacia un mundo donde los componentes éticos y las interacciones humanas, que prevalecen en el tejido social, cobren vida a través del rescate de la memoria histórica de los pueblos.
Quienes gobiernan al mundo, no los eligió nadie. Solo tienen el poder de la soberbia y la naturaleza de falta de escrúpulos para crear modelos de desarrollo sobre mentes dóciles y conciencias fácilmente comprables y fácilmente vendibles. No hay espacio para la creatividad, se mueren las ideas y se agrupan los dominadores para crear nuevas relaciones de "desarrollo". Ya no funciona lo civilizado sobre lo primitivo. El poder dominador de Europa dio paso a las transnacionales con poder político, alimentando la idea de que el "desarrollo" era la meta y el crecimiento económico, la manera de llegar a el. Era necesaria la ligereza mercantilista para ofertar productos y anular conciencias. En nombre del "desarrollo", en nombre de la libertad se han creado y sostenido modelos de solidaridad, que dependiendo de las connotaciones filosóficas de todo lo que se vende y todo lo que se compra, siempre habrá la oportunidad para que el subdesarrollado se parezca al desarrollado. ¿Y cómo decirle a los Quechuas, a los Aymaras, a los Kariñas, que no son desarrollados?, ¿qué contextualización sobre la vida de los pueblos, sus creencias, sus tradiciones; se conciben en Davos, en Washinton, en una cumbre del Grupo de los 8?. Seguro que los elementos a tomar en cuenta, es el de los mercados cautivos, saqueos de materias primas, mano de obra barata, cuerpos desnutridos y mentes fácilmente manipulables.
El mundo vive un cambio de época, y todo está ocurriendo en nuestras narices. Es evidente su manifestación, para los pueblos que despiertan, para aquellos que luchan desde el contexto y que resisten la embestida dominante y hegemónica de las visiones cibernéticas y mercadológicas. Los que tienen esperanza, los que construyen ideales de libertad para las generaciones futuras, no son máquinas, no son recursos, son tejidos sociales que interactúan, a partir de la justicia heredada de sus libertadores.
El imperio que representa el gobierno de los EEUU ha entrado en decadencia, la indignación colectiva de los pueblos es el fluido que alimenta esa decadencia. Pero ahí están los grandes medios de comunicación, al servicio de las grandes corporaciones que ostentan el poder político, económico y cultural en el mundo. Allí están ellos, llenando con basura mediática, las mentes vacías de aquellos servidores, fieles lacayos del imperio. Para ellos no hay cambio de época, sólo peligra el estatus social alcanzado, sólo peligra la red de élites serviles del mercado. Hay que estimular el consumismo y los ricos hacen dieta y los pobres mueren de hambre. Los ricos se hacen cirugía plástica y el pobre se desangra a las puertas de un hospital que, "solidariamente" donó el Banco Mundial, atendiendo el "derecho" que tiene el dominado a ser socorrido por el dominador.
Y en estos tiempos, ya no es posible ignorar el poder oculto de las redes del poder. El mercado, las potencias hegemónicas y la iglesia católica, se reparten los pueblos y asumen el poder decisorio de lo que debe ser, lo que se deber comer, lo que se debe ver y en el tipo de Dios en el que se debe creer.
Los que luchan y se aprovisionan desde la contextualización del mundo, desnudan la cruda realidad de una Organización de Naciones Unidas (ONU) al servicio de los intereses de un país que se atribuye la paternidad del mundo y en nombre de la libertad y la democracia, invade militar e ideológicamente a pueblos enteros, para establecer allí el modelo de "desarrollo" que le es más propicio, no a los ciudadanos de ese país, sino a los intereses económicos de las grandes transnacionales que sustentan el imperio.
Pero la complicidad también se hace eco en una Organización de Estados Americanos (O.E.A.), donde se levanta la mano y se aprueban normas y seguimientos a las democracias del mundo, mientras que se aprueban elevados presupuestos en gastos militares y el rapaz egoísmo humano aviva el creciente negocio de compra y venta de armas. La dicotomía de lo superior y lo inferior, la doctrina miserable de alcanzar el "desarrollo", no se sabe hasta donde porque la ciencia y la tecnología, lo hace ilimitado. Y como la filosofía mercantilista ya domina el modus vivendis de aquellos huérfanos de conciencia y de solidaridad, hay que producir más, aunque las emanaciones tóxicas que preocupan a los contextualizadores de siempre, acaban con el planeta. No importa, para eso están las convenciones internacionales, plagados de servidores comprados y vendidos, científicos sumisos a la teoría de las ciencias para el "desarrollo" y la tecnología para el crecimiento económico ilimitado. Acordémonos de Kyoto, los convenios de Estocolmo y Montreal. ¿Quiénes producen los residuos tóxicos?. ¿Quién los vende?. ¿Quién los compra?. ¿Quién sufre las consecuencias?.
Es la hora de dar respuestas. Nuestro compromiso con las generaciones futuras es el de poder comprender la realidad actual para poder transformarla. Y ¿qué métodos usar para comprender?. ¿Los que sostienen el modelo capitalista?. ¿Los que orientaron ideológicamente un modo de vida para la guerra y no para la vida?. Debemos adoptar la filosofía de la expansión de nuestras conciencias, hacia los confines de lo que fuimos, abarcando lo espiritual, lo ético, la historia verdadera y la percepción necesaria para ser, por sobre todas las cosas, un ciudadano solidario con el planeta.
Conciencias que ya despertaron. Hay un cambio de época. Hay incertidumbre. Las relaciones de producción entre los hombres se modifican. Los modos de vida entre las sociedades están cambiando, producto de la confrontación de ideas, y la aparición, en lo más insignificante, de nuevos matices de verdades.
Desde nuestros nichos microsociales, llámese ideología primigenia del individuo, familia, caseríos, localidades, emerge el mayor poder que fulminará al decadente imperio: La fuerza del Amor. La participación protagónica y colectiva conformada en red, sustentará el tejido social en el cual se manifestará esa magnánima fuerza.

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